sábado, 18 de enero de 2020

CAPÍTULO 4


Por la mañana, la joven sale a buscar trabajo como actriz, pues esa es su profesión. Se presenta a varios castings con la esperanza de que alguno de ellos le dé resultado.

Mientras en su casa, su madre le pide a la enfermera que le consiga papel y bolígrafo pues necesita escribir algo para alguien.

—No debería hacer esfuerzos, sino ahorrar energías. Así jamás se curará. 

—Todas sabemos que mi tiempo se agota y mi hija necesita saber algo antes de que me vaya. Si puedo decírselo yo misma lo haré. Pero si muero antes de tiempo quiero que se entere de alguna u otra forma. Me gustaría que me prometiera algo. —le pide la enfermera.

—Lo que quiera. —dice Grace.

—Si me voy sin poder decirle lo que quiero, asegúrese que la carta que voy a escribir llegue a sus manos. Es muy importante que la tenga 
¿Puedo confiar en usted? —desea saber la madre de la joven.

—Sí, por supuesto. —responde la enfermera.

Cuando la enferma mujer termina de leer la carta se la entrega a su cuidadora y de nuevo le hace prometer que se la entregará a su hija en caso de que ella fallezca antes de revelarle la verdad. 

El rodaje de la película en la trabaja Peter finaliza y el director agradece al chico su intervención en ella. 

—Eres un gran actor y una gran persona. Puedes contar conmigo para lo que necesites. En mis películas siempre habrá un sitio para alguien de tu talento. 

—Gracias. —responde Peter sonriendo.

Cuando camina de regreso a su casa, el nieto de Jimmy, se cruza de lejos con una joven y no puede evitar quedarse mirándola. 

«¡Es imposible!» «¡No puede ser!» piensa mientras la mujer se aleja cada vez mas de él.

Cuando la chica regresa de hacer un casting, el grupo del día anterior la aborda con no muy buenas intenciones.

—Hola preciosa, ¿nos recuerdas? —dice el líder de la banda acercándose peligrosamente a ella.

—Por desgracia, sí que os recuerdo. Dejadme pasar, llevo prisa. —exige ella.

—Antes nos divertiremos un rato. —dice con voz insinuante el jefe de los delincuentes.

Todos se acercan a ella, pero la chica que ya empieza a estar harta de ellos se le vuelve a enfrentar. 

—Os lo vuelvo a pedir, ¡dejadme pasar! —les advierte la chica cada vez más molesta.

A unos metros de ella, Harry contempla toda la escena. Está convencido que quieren hacerle daño a la joven y no lo va permitir y se dirige al lugar para defenderla. No tarda en darse cuenta que lejos de necesitar de su ayuda se las apaña muy bien sola.

Cuando los hombres intentan propasarse con ella, la actriz comienza a pelear poniendo en práctica nuevamente todos sus conocimientos de Artes Marciales. El socio y amigo de Billy la observa maravillado; en su vida había visto a alguien que luche mejor que esa mujer.

Harry la emprende a golpes con algunos de los muchachos que intentan devolvérselos con idéntica rapidez. Aunque el socio de Billy es varios años mayor que todos ellos estos no consiguen derribarle, ni tan siquiera rozarle.

Una vez más, el grupo decide marcharse despúes de recibir una buena paliza por parte de ambos. Es la segunda vez en la semana que les sucede.
Pero lo que más les enfurece es que ambas ocasiones esa muchacha les ha hecho huir tras darles una lección. Jamás imaginaron que tras la larga cabellera rubia de la chica, su complexión delgada y su cara de ángel inocente, se escondiera una mujer con las agallas y el valor necesario para enfrentarse a un grupo de hombres, que a leguas se ven más grandes y fuertes que ellas.

"¿Cómo es posible que una mujer, una sola mujer haya podido con ellos?"

Cierto es que nunca ha peleado sola pues, en ambas ocasiones había hombres con ella. Si bien es cierto, que tampoco ha necesitado mucho de ellos que se diga. Ya son varios los días que les ha hecho huir y sinceramente no les hace ninguna gracia pelear con una mujer que además les ha dado una paliza. Se está convirtiendo en algo personal, una cuestión de orgullo masculino. Orgullo que ella se ha encargado de tirarles por los suelos. 

Harry trata de seguir a la joven para hablarle, pero la chica lleva demasiada prisa y se marcha de allí rápidamente. 

«Una joven como esa es la que necesito en la escuela.» piensa el americano maravillado ignorando que es la misma persona de la que Billy le habló días atrás. 

Meredith, una chica de familia acomodada regresa a casa despúes de varios meses fuera de su hogar trabajando como modelo en el extranjero. 

—Me alegro de volver a casa. He estado tanto tiempo fuera que apenas la recordaba, estoy tan agotada... —dice la joven.

—Pues ahora descansa, si tan cansada estas... ¿Por qué no dejas ese mundo? —contesta su padre. 

—Tengo que aprovechar ahora que todavía puedo dedicarme a esto un par de años más. No pienso estar toda mi vida dedicándome a lo mismo. —se sincera ella.

—Me alegra oírlo. El mundo de la moda es muy superficial y la carrera de las modelos muy corta. A partir de los treinta ya debéis pensar en retiraros. En cambio en otras profesiones con treinta años aun se tiene mucho tiempo por delante para trabajar. ¡En fin gajes del oficio! Voy al cementerio a llevarle flores a tu madre. —comenta triste.

A pesar de que hace ya varios años de la muerte de su esposa, el hombre aún no ha podido superarlo y cada semana cambia las flores de su tumba y reza. El dolor por la ausencia de su mujer es tal que ni siquiera ha rehecho su vida con otra persona.

—Si me esperas quince minutos te acompaño
Me daré una ducha rápida y me pondré algo más cómodo. Yo también quiero ir. —propone su hija.

—Está bien, te espero. —dice su padre sentándose.

Lejos del lugar, la enfermera de la madre de la joven actriz escucha asombrada la importante revelación que sobre la chica le ha hecho su madre adoptiva.

—Algún día mi hija y ese hombre se encontrarán cara a cara y espero que ella le haga pagar por todo el mal que le ha hecho. 

—Qué historia tan triste. —dice la enfermera impresionada por el relato.

La mujer decide sincerarse con su paciente y le confiesa lo que ha sido su vida desde hace más de veinte años para acá.

—Ese hombre destrozó mi vida para siempre. —lamenta Grace.

—¿Y de sus hijos que sabe? —desea saber la madre de la joven.

—Absolutamente nada y no sé si los volveré a ver. Todo es culpa mía. —se culpa Grace.

—No es su culpa, sino la de ese mal hombre que le arruinó la vida. —Johnny destrozó no solo
mi vida, sino la de mi esposo y mucha gente más. —le explica la enfermera a su paciente.

—¿Johnny, ha dicho usted que ese hombre se llama Johnny? —pregunta incrédula. 

—Sí, Jhonny La Serpiente. —le desvela Grace.

Al oír el apodo del hombre, la enferma se angustia; el individuo que destrozó sus vidas y la de su enfermera es el mismo maldito hombre

—¿Qué le ocurre, se encuentra bien? —le pregunta la enfermera cuando su paciente palidece por momentos y comienza a empeorar.

—¡Habléme! ¡Digame algo por favor! —le implora la enfermera. 

La madre de la actriz intenta hablar para decírselo, pero todos sus esfuerzos resultan inútiles. Parece que algo presiona su garganta impidiéndole cualquier intento de comunicación. No puede hablar, ni moverse.

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